El árbol que no fue capaz de ver

Este año la Navidad nos sorprendió en forma de lluvia. Desde lo alto de la montaña, el lodo camina todas las mañanas, y sin pedir permiso, entra por debajo de la puerta de la casa y deja el piso de la cocina tapizado en una suerte de arcilla mágica, mágica, pues adopta la forma que mi hermano y yo queramos darle. A mi hermano y a mí nos encanta moldear figurines deformes a los que apodamos con los nombres de los vecinos, mientras mi mamá con trapeador en mano, lanza improperios por el desastre ocasionado por la naturaleza, que desde luego, no tenemos permiso de repetir. Si mi mamá llega por la tarde de buen humor, tararea villancicos, aguinaldos y gaitas, nos invita a bailar con un gesto subversivos en la boca, como si su boca fuese un fusil que no nos deja otra opción que decirle que sí. Mi hermano (que no le teme a nada) sentado en el sofá desgastado de mi abuela, rehúsa con la cabeza, aunque sus pies danzan de forma involuntaria, mejor dicho, flotan en el aire, en ese microcosmos que se hace entre sus desahuciados zapatos y el suelo de cemento pulido. Yo intento decir que no, pero mi mamá me ala de un brazo y extiende el suyo para bailar en posición de vals, aunque sus pies van muy rápido, quizás emulan la salsa que suena dos ranchos más allá del nuestro. Mi hermano aplaude y de tanto hacerlo, se va corriendo paulatinamente desde la punta del mueble hasta acabar riéndose en el frío suelo. Mi mamá lo recoge y se cerciora con una risa contagiosa de que no le haya pasado nada y nos dice: –“Ya estuvo bueno”. Se gira a apagar la radio, y yo aprovecho la oportunidad para escaparme a la azotea de mi mejor amigo, desde donde vemos las luces de las ciudad (las cuales estábamos convencidos que eran luces de Navidad, desconocíamos que debajo de ellas habían personas, oficinas, banquetes, vida). Ahora que entiendo que hay personas, pienso con lástima en ellas, pues no tienen la vista privilegiada que nosotros tenemos desde el cerro.
Al regresar de mi vista panorámica, mi mamá me ofrece un plato de sopa de lentejas que aborrezco, pero que no puedo permitirme rechazar, porque las tripas cantan “Navidad, Navidad, hoy es Navidad”, o al menos eso dice mi hermano cuando pone su oreja izquierda en mi abdomen para escuchar los rugidos prehistóricos de mi estómago, a los que acompaña batiendo sus labios como una trompeta desafinada.
Esta mañana amaneció la cocina con cinco centímetros de barro. Mi hermano y yo nos despertamos ilusionados a hacer muñecos de nieve oscura para sorprender a nuestra madre que se había acostado tarde preparando las empanadas que sale a vender por la avenida Baralt. En vista de que no tenemos árbol de Navidad, formamos uno en la pared, con la esperanza de que nuestra madrecita compre luces de colores para adornarlo.
Mi mamá se ha despertado y al vernos decorando la pared de la cocina, ha comenzado a maullar, gritar y hacer aleteos incomprensibles con sus brazos. Mi hermano parece comprenderlos mejor que yo, porque la remeda (no por mucho tiempo) pues mamá de la rabieta, hace volar la chancleta que llevaba puesta hasta su costilla, lo que hizo que acto seguido, mi hermano se atrincherarse detrás del mueble descolorido que alguna vez fue marrón. Mi mamá nos obliga a deshacer el árbol que con tanto esmero hemos construido, con una esponja que sumergimos en un tobo lleno de agua y jabón azul. Mis ojos no pueden soportar la injusticia y lloran abatidos por una Navidad que se derrite ante nosotros, mientras mi mamá fríe empanadas que voltea con las manos sin quemarse.
Afortunadamente ha quedado la sombra del árbol que mi mamá fue incapaz de ver. Mi hermano y yo subimos por las noches a la azotea en busca de luces de Navidad, que aunque lejos, remolcamos con nuestra memoria hasta nuestra casa, iluminando la cocina, el sofá y la puerta de nuestra habitación. Mamá descansa plácidamente, sin sospechar que el árbol permanece en pie. Anhelamos que sus amenazas de pintar la pared no se cumplan hasta enero.