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El nido

El Nido

Imagen redactado por
Por: Claudia Alejandra Uzcátegui Davila
26 de enero 2026
Cucaracha

Estaba a punto de caer en un sueño profundo, cuando una cucaracha gigante salió a mi encuentro desde el armario. No era una cucaracha normal, de eso estaba segura, pues tenía una mirada afilada y parecía dar pasos torpes y tremulantes, como si estuviese bajo los efectos del alcohol. Me paré sigilosamente, busqué un zapato bajo la cama y corrí hacia ella como en un combate medieval, pero al verse desprovista de armadura, la desgraciada en vez de confrontarme, corrió, y se refugió en el marco de la puerta. Abrí la puerta dispuesta a un nuevo duelo, pero, veloz como siempre, huyó al baño de visitas, donde hizo una trinchera en la pequeña rendija entre el suelo y las baldosas verdes de la pared. Como no estaba dispuesta a seguir perdiendo horas de sueño, busqué unas toallas para encerrarla en su propia guarida, y tranqué la compuerta con una plancha pesada para imposibilitar su escape. Una vez emití la suspensión temporal de hostilidades, me acosté a dormir, pero la maldita cucaracha me acechaba en sueños, sabía que estaba a escasos metros de mí. 

 

Sonó el toque de diana. El sol se coló por mis sábanas y abrí los ojos. Para mi sorpresa, otro dictióptero de idénticas características, estaba en el rellano de la puerta del cuarto. No entendía cómo ahora no había una, sino dos intrusas, enormes, con largas antenas y dudosas intenciones. Al ser la única habitante de mi hogar, ahora la casa parecía de ellas. De la noche a la mañana, me había convertido en una intrusa en el medio de una guarida de bichos. Puse un pie en el suelo y me atreví a salir de la cama, pero esta vez, no le di oportunidad de escapar, hice uso de todas mis fuerzas y aplasté el zapato contra el suelo hasta liquidarla. 

 

Llena de culposo dolor, llamé a un vecino, ya que aún me esperaba el rehén que había apresado la noche anterior en el baño, y al sentirme con pocas fuerzas (porque acababa de cometer un crimen), no creía tener la voluntad de cometer un segundo delito sin apoyo. Bajé despavorida, con los ojos rojos y los cabellos revueltos. Confieso que en este momento de indefensión, pedí en silencio a papá Dios para que me enviase ayuda celestial. Luis se asomó desde la puerta del 1H como un ángel, y sin darle la menor posibilidad de reaccionar, ya lo estaba arrastrando de su puerta a mi casa mientras gritaba “es una emergencia, es una emergencia”. 

 

Aunque era mi casa, Luis pareció pedir permiso a los bichos para ingresar, y cuando ya creía haber perdido mi capacidad de asombro, uno nuevo relucía en la sala, con más patas, aspecto extraño y que fácilmente podría ser de tu tamaño. Mientras los nervios me invadían y sudaba despavorida, Luis se acercó con ternura al esperpento, tomó una toalla y me dijo que lo liberaría en el jardín del edificio, donde podría continuar su vida en un ambiente cálido y silvestre. Una vez consumó la misión humanitaria, volvió para enfrentarse con la cucaracha del baño, a quien no estaba dispuesta a liberar ni negociar con ella. Luis quitó la plancha y los trapos de la entrada de la guarida, pero la desgraciada infeliz no estaba ¿A dónde fue? Pregunté con voz trémula, mientras inspeccionaba mi cuerpo y todo a mi alrededor, como si la cucaracha fuese omnipotente. El vecino mientras tanto, estudió la escena de la fuga, lo que le permitió llegar a la siguiente conclusión: “la cucaracha escaló hasta el electroventilador que a su vez, tiene salida al baño de tu cuarto, desde allí, salió de nuevo a tu habitación, y logró su cometido, dormir contigo en tu cama, donde pasó su última noche. La cucaracha que mataste esta mañana, fue la misma con quien te enfrentaste anoche. Siempre fue la misma”. 

 

Luis se despidió y yo parecía contenta de retomar mi soledad, pero me advirtió: “ellas hacen nido, debes mirar que no hayan puesto huevos”. Con rabia, impotencia y desolación, comencé a destrozar las puertas del clóset, a desordenar la ropa, los zapatos, las medias, a tumbar todos los escaparates. Busqué un martillo y destruí las cerámicas del baño, incendié las puertas de los cuartos, eché por la ventana las toallas, y cuando ya no quedaba nada por destruir, me di cuenta de que estaba en el medio del nido, y que el miedo estaba anidado en cada rincón, y que podría destruirlo todo, pero mientras no me enfrentara a él, jamás se irían de aquí.