La abuela (Capitulo inédito de Cometí la locura de amarte)

Siempre quise que me reconocieran como una mujer fuerte, dura de carácter. Considero que es una virtud. Cuando a alguien lo llaman o lo reconocen como «muy bueno», ¡ese es pendejo!, porque si toma sus decisiones con bondad, terminará por tomar malas decisiones. Las aspiraciones de todos no pueden ser iguales y no todos vinimos a este mundo a lo mismo. Como madre, siempre aspiré a hacer con mi hijo lo que quise para mí: libertad. Era una mujer fuerte, pero mis padres se empeñaban en domarme y hacerme diferente, no me dejaban hacer lo que realmente quería, aunque demostrara el sentido de responsabilidad para hacerlo. Si el mundo es desigual en muchos ámbitos, las diferencias de género en esa época eran mucho peor de lo que son ahora. Las mujeres simplemente estábamos destinadas a desempeñar las tareas del hogar. Mi madre no quería que estudiase, pero al ser mi empeño mayor, me dijo que podía hacerlo exclusivamente si estudiaba psicología, era un asunto de familia, su padre había sido el psicólogo del pueblo donde nació. Creo que creyó que si su padre lo había logrado —siendo hombre condición indispensable y, segundo, inteligente y preparado— para mí sería una misión imposible al no poseer ni testosterona ni semejantes virtudes. No podía lidiar con ellos, menos con un loco. Sin saberlo, me estaba dando un don de superioridad, puedes encaminar y lograr que con tu ayuda otros pongan orden a su existencia, aunque la tuya sea un zigzag. Así que terminé haciendo lo que mi madre pidió en cuanto a los estudios, pero nunca ejercí. La carrera tenía sus encantos, aunque me aburría sobremanera estar condicionada a un horario, cuatro paredes y muchas voces lamentándose de sus problemas. Es fácil saturarse o sufrir una contratransferencia de paciente a médico y no quería asumir ese riesgo. Suficiente con mis propios problemas.
Al casarme fundé una organización para fomentar la lectura y mi propia biblioteca, por supuesto, con el apellido de mi esposo, quien financió el proyecto. Los que tienen dinero son los adulados y los que se llevan los méritos, aunque todo el trabajo de hormiga lo hagan otros. Me dediqué por completo a eso, el éxito ha sido sin precedentes en el país y la organización ha recibido reconocimientos hasta del presidente. Las escuelas han replicado nuestra metodología para fomentar la lectura a temprana edad.
Mi hijo no podía ser la excepción frente a las bondades del método y los frutos de la lectura destacaban en él, era un niño que creíamos prodigio. En la mayoría de los casos se aburría en clases y pasaba los cursos sin mucho esfuerzo. Al terminar la escuela, decidió que sería un emprendedor y no iría a la universidad. ¡Y allí estaba yo creyendo que sería John D. Rockefeller!, que este niño brillante tenía un plan y no podía coartar sus aspiraciones y su felicidad, como en algún momento pretendía mi propia madre. Consideraba que las fiestas y la vida bohemia serían una mera etapa de distracción al terminar la escuela, que era algo necesario, pero esa etapa se postergó por tiempo indefinido y luego fue imposible revertir la cuerda.
Cuando conoció a la mujer —así la llamábamos, «la mujer», si la llamábamos por su nombre enalteceríamos su existencia, cosa que no pretendíamos porque nos parecía que no le llegaba ni por los pies a nuestro hijo—, prácticamente desapareció de la casa y nunca más volvió. Pese a mis negaciones, su padre seguía enviándole dinero, temía que terminara como un pordiosero o fuese visto por sus amigos en un estado no adecuado, cosa que no podíamos permitirnos. Alguna vez me dijo que debíamos cuidarnos de las malas lenguas, incluso por la reputación de la fundación. Las veces que accedía o se dignaba a vernos, yo pretendía darle sermones suaves sobre la vida, mientras él me evadía con groserías.
—Ya, madre, no empieces con tu cantaleta otra vez. ¿Por qué sufres tanto por mi modo de vida si yo no lo hago? ¿No entiendes? ¡Soy feliz! ¿Cuándo se ha visto que un humano sufra por otro porque esté feliz? Nunca he leído una historia así. ¿Tú sí, madre?
Con esos argumentos, aunque no estuviese de acuerdo, me relajaba, o al menos mi conciencia lo hacía. Yo era la mamá, le di el amor, la educación, lo que necesitaba, pero yo no dormía con él. Me cuesta entender cómo la mujer que lo hacía no puso coto y frenó la situación, sobre todo cuando la bebé nació.
Era un ser inocente que no tenía culpa de nada, pero si no toleraba a la mamá, ¿cómo podía verla? Más que la hija de mi hijo, era la hija de la mujer que más detestaba en el mundo. En un par de ocasiones, él la llevó hacia mí, pero logísticamente era complicado y esa complicación se agudizó con el estado de salud de mi hijo, por ende, dejé de verlos a ambos forzada por las circunstancias. Algunos pensarán que es algo inconcebible, pero lo realmente inconcebible era una casa de quinta categoría, con una mujer de la misma categoría. Todo el panorama era detestable. Para mí de solo pensarlo e imaginarlo, viviendo en una casa sucia, deteriorada, con mi hijo deambulando, su mujer cocinando y oliendo a fritura —no sé por qué me la imaginaba así—, era más fuerte que yo.
No abandoné a mi hijo ni a mi nieta, mi hijo me abandonó y se entregó a una vida miserable sin necesidad alguna. A veces pienso que por el puro capricho de joderme la vida. Y lo logró, incluso desafió a la muerte para hacerlo, se murió y me dejó arrastrada en las sombras y las penurias de la vida, en el cigarro que por poco calcina mis pulmones, en el coñac camuflado en el café para hacer más viable la mañana, en el alprazolam de media noche por no poder conciliar el sueño, en la cara vagabunda de su padre tratando de explicar el terrible accidente sufrido por nuestro hijo, arrastrado por las malas compañías y amigos. Cada vez que reniego de mi nieta es porque no sé cómo explicar que soy una mala madre, una mala abuela. En algún momento, después de años de intentar ahuyentar con espantapájaros mentales los cuervos de la culpa convertidos en falsa indiferencia, decidí buscar a mi nieta. Encontré que el tiempo pasa y ya era toda una mujer, en nada parecida a padre y madre, con la suerte de la belleza y el don de la inteligencia, luchando contra su sangre. Contra todo pronóstico, resultó ser una mujer profesional que tira para adelante, o al menos eso me habían dicho.
Cuando decidí que era mejor no buscarla pues no sabía cómo explicar tantas cosas, ella terminó por encontrarme en los columbarios, en lo más profundo de las catacumbas, como si el pasado fuese un círculo y una vez completado nos encontramos donde todo comenzó.
Hermosa, rebelde, astuta. No imaginaba absolutamente nada de ella, prefería no fantasear al respecto para no decepcionarme de ninguna de mis conjeturas, pero cualquiera que hubiese tenido hubiera quedado muy por debajo de esta mujer. Me recordaba a alguien. A mí. Pero esa parte estaba tan obsoleta, tan lejana, tan ajena, incluso para quien habitó ese cuerpo, que me costó llegar a esa conclusión. Me sentí mal, pensé que había fallado como madre al pretender ser mejor que mis propios padres, al pretender dar una libertad y fomentar una creatividad que despegó tan alto que después era abstracta, incomprensible para todos. Desaproveché muchos años para enmendarme con el legado de mi hijo, con mi propia sangre, que solo hasta ese momento había reconocido que era la misma, empeñada en siempre ver que era la hija de Lilian, la mujer que no soportaba, y no la de mi propio hijo. Creo que es la primera vez que pienso en ella con su nombre… que pienso en mí como abuela. Qué vida tan complicada, en qué lío nos metí a todos. Andrea huye, grita, me aborrece. Únicamente puedo quedarme contemplando cómo se va y cómo todos estos pensamientos llegan a mí a ráfagas, siendo tan ajenos para ella. Me encantaría que conversáramos y comenzáramos de cero:
—¿Tienes fuego, nieta querida?
—Claro, abuela.
—Abuela, ¿no crees que a tu edad deberías dejar de fumar?
—Tú también deberías dejarlo. Yo no puedo. Es que si no veo consumirse el cigarro, algo más me consume por dentro, y es la manera de ocultarlo.
—Es que a ti siempre te pidieron esconder cosas en vez de solucionarlas.
—Comprenderás que a esta edad ya no puedo evitarlo. Quizás en otra vida.