Inicio /
La bolsa de cosmos

La bolsa del cosmos

Imagen redactado por
Por: Equipo de redacción
2 de junio 2026
Bolsa plástica volando por el aire

Era una fina bolsa de rayas multicolores con el logotipo de Cosmos, una conocida cadena de supermercados. Había logrado zafarse de su destino el día que Carlos, el empacador de la caja tres, la dejó escapar de su mano izquierda mientras llenaba otra mercancía con la derecha. Él no estuvo dispuesto a correr tras ella ni a asumir el descuido; al fin y al cabo, quedaba una pila de bolsas idénticas. Una más.

 

Flotó al ras del asfalto hasta que un viento rancio la hizo bailar en espiral. Una hoja otoñal la acompañó en la danza. Juntas creyeron tocar el paraíso, pero la hoja pronto aterrizó en el fango, mientras la bolsa seguía buscando su lugar en el mundo. En su descenso, se enredó en el tendido eléctrico de la calle Aguerreverre, justo al lado de un par de zapatos deportivos que colgaban como la marca de un territorio ajeno.

 

No quería terminar en el fondo del océano, en el estómago de un tiburón o asfixiando la pata de una tortuga marina. Por eso se alejó de la costa, adentrándose hacia el este, la zona más exclusiva de la ciudad. Cuando las primeras gotas de una tormenta comenzaron a golpearla como balas, la bolsa buscó refugio en un banco de plaza. Su estancia allí fue breve: Rafael la recogió y la usó para cubrirse la cabeza.

 

Rafael abrió la puerta de su casa, limpió sus zapatos en la alfombra y se descalzó sobre el piso de madera pulida. Dejó la bolsa en el suelo del recibidor, al lado de la cómoda donde reposaban las llaves. Allí pasó un par de días, invisible para Mara, su esposa, y para Génesis, la bebé de rizos apretados, tan finos, que se enredaban como hilos de coser guardados en una caja de galletas. Solo Hoggie, el perro, detectaba su presencia: le gruñía a la intrusa cada vez que una corriente de aire la hacía sacudirse.

 

Al tercer día, el crujido del plástico atrajo a Génesis. Mientras su madre lavaba los platos de reojo, la niña la sostuvo entre sus manos pequeñas y cálidas. La bolsa sintió ese calor como una revelación. Al fin alguien quería saberlo todo de ella: qué era, a qué olía, de qué era capaz.

 

Génesis la elevó con una risotada y se la llevó a la boca; el roce del plástico le produjo cosquillas en el paladar. La bolsa disfrutó esa delicia limpia, tan distinta a los golpes de la lluvia. Buscando prolongar el juego, la bebé se introdujo la bolsa en la cabeza. El logotipo de Cosmos se adhirió a su diminuta nariz. Por primera vez, la bolsa se sintió acurrucada, perfecta, y se aferró a la sensación. Fue el único testigo del último latido de Génesis.

 

La cabecita de hilos enredados cayó de lado sobre el suelo. La bolsa se calentaba con el último aliento de la niña, mientras el cuerpo de la niña comenzaba a enfriarse. 

 

El colmillo de Hoggie la devolvió a la realidad, desgarrando su ser indoloro e inerte. El juego había terminado. Mara, entre alaridos, terminó de romperla para quitársela a su hija, partiendo en dos el logotipo, el único logos que le daba nombre y vida.

 

Génesis murió sin pronunciar su primera palabra. Sus padres se quedaron sin ellas: la palabra destruida, el silencio absoluto. Los restos de la bolsa maldita terminaron en una planta de reciclaje para convertirse en otra cosa. A Génesis la enterraron a dos metros bajo tierra, en un ataúd blanco y diminuto que sus padres le compraron al mismo dueño de la cadena Cosmos, el hombre que poseía los supermercados, las funerarias y casi toda la ciudad.